La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la adolescencia como el periodo de crecimiento y desarrollo humano que se produce entre la niñez y la edad adulta, entre los 10 y los 19 años. Una etapa vital en nuestras vidas porque se experimentan grandes cambios en muy poco tiempo, tanto físicos como emocionales. Una transición que nos lleva a la maduración sexual, el desarrollo de la identidad y la importancia de la integración social. Pero ¿y si a todo este proceso le añadimos la dificultad que supone sufrir una enfermedad crónica desde niño?
Según la Encuesta Nacional de Salud de España 2017, realizada por el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, las enfermedades crónicas más frecuentes en la población infantil (de 0 a 14 años) son la alergia crónica, seguido del asma y los trastornos de la conducta, incluyendo la hiperactividad. Le siguen los trastornos mentales como la depresión o la ansiedad, el autismo, las lesiones o defectos permanentes causados por un accidente, la diabetes y finalmente la epilepsia.
Si tenemos en cuenta que más de un 85% de los niños seguirá durante la adolescencia con estas patologías, y que es a partir de los 14 años cuando se pasa de la consulta con un pediatra a la del médico de adultos, es necesario que la atención sanitaria a estos pacientes sea lo más progresiva posible.
Cuando una enfermedad evoluciona de forma paralela al desarrollo natural de un niño y no hay un control adecuado pueden surgir problemas derivados de una mala transición:
Fuente: www.eldiario.es
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